Apocalíptico Poch.
Yu-Ting y Andrés, los autores de Guoji Guanxi , son unos admiradores de la obra del corresponsal de La Vanguardia en Pekín, Rafael Poch, cuyos artículos reproducen a menudo en su blog.
El último de esos artículos tiene como tema principal el deterioro medioambiental de China como consecuencia de su proceso acelerado de urbanización e industrialización.
Poch, en la línea de Jared Diamond, piensa que el modelo económico capitalista es “una civilización en quiebra” al mismo tiempo que afirma que la economía de mercado y sus valores “egoistas e insostenibles” no son el futuro. El futuro, en opinión de Poch, está no en “un rascacielos, sino en un campo de arroz, en un bosque intacto, en un manantial no contaminado”.
No se puede negar que China y el mundo entero se enfrentan a problemas medioambientales muy graves que van a ocupar el centro del debate político en los próximos decenios, pero dudo que posiciones tan poco matizadas como las de Poch ayuden mucho a centrar ese debate.
Poch piensa que el actual modelo de desarrollo, basado en un uso intensivo de fuentes de energía no renovables, tiene sus días contados y parece insinuar que el mundo tiene que optar por un modelo conservacionista que tenga por objetivo, no tanto un aumento del capital físico ya existente (¡para qué queremos más rascacielos!) como su mejor distribución.
Las cosas no son sin embargo tan simples. Para saber si el modelo de desarrollo que está siguiendo China es o no sostenible hay que fijarse no tanto en el crecimiento de su PNB, como en el de su base productiva, compuesta no sólo por el conjunto de activos físicos manufacturados (máquinas, edificios, carreteras) sino también por el capital humano (educación, salud, habilidades de la población), el llamado capital natural (ecosistemas, minerales, hidrocarburos) e instituciones (gobierno, estado de derecho, sociedad civil). Si esa base productiva aumenta en relación a la población, es decir, si aumenta la riqueza per capita, se dice que el desarrollo es sostenible porque cada generación deja a la siguiente una base productiva mayor de aquélla que heredó.
El Banco Mundial, en un informe al que ya hicimos referencia en otro post, calculó la riqueza de las naciones teniendo en cuenta el deterioro mediambiental que necesariamente se produce para crear otras fuentes productivas. En dicho informe, y por lo que a China se refiere, se afirma que ese país , durante los últimos decenios, ha incrementado su riqueza per capita, de modo que se ha generado un excedente que, bien invertido, tiene que permitir atender a las necesidades de las generaciones futuras (en el polo opuesto se encuentra Venezuela que, en el momento en que se elabora el informe, estaba malgastando todas las rentas procedentes de su enormes recursos naturales). Es decir, que China ha sido capaz de sustituir los bienes naturales no renovables que ha perdido en su proceso de desarrollo por otros tipos de capital y mejora institucional (aunque en este punto, los autores del informe ponen de relieve que China todavía tiene mucho que mejorar) que han ampliado su base productiva.
Ahora bien, como señala el profesor Dasgupta en esta crítica del libro de Jared Diamon Collapse: How Societies Choose to Fail or Survive es muy posible que los datos utilizados por el Banco Mundial infravaloren el coste del daño ambiental producido ya que, dentro de los recursos naturales, no se contemplan el agua potable, el suelo, el deterioro en los arrecifes de coral etc… Además, el precio de esos bienes naturales puede muy bien estar infravalorado ya que no se tiene en cuenta que a partir de cierto nivel de degradación, los sistemas naturales se vuelven completamente improductivos y resulta extraordinariamente costoso sino imposible revertir esa situación.
Tomando esos datos en consideración es posible que la riqueza generada no sólo en China sino también en los países de la OCDE en los últimos decenios sea menor que la estimada por el Banco Mundial e incluso que pueda ser negativa.
Pero entre esta posición de Dasgupta y la de Rafael Poch media una distancia considerable. El primero, ante la alternativa entre construir un rascacielos o respetar un arroyo, diría: hagámos números. Rafael Poch en cambio ya tiene hecha su opción: hay que respetar el arroyo porque, apriorísticamente, el daño ocasionado por su pérdida es superior al beneficio que ésta pudiera reportar.
