Churrito, en un muy interesante post sobre los distintos medios de transporte público en China, nos informa de que en ese país existen hasta 5 clases de billetes de tren que van desde el conocido como “cama blanda”, que es el más caro y que proporciona derecho a una litera en un compartimento compartido con otras 4 personas, hasta el que únicamente te da derecho a permanecer, de pie, en el pasillo de los vagones de “asiento duro”.
Desgraciadamente, el post no nos proporciona información sobre los distintos precios de estos billetes , pero me atrevo a pronosticar que el mayor precio que uno tiene que pagar por un billete de cama blanda respecto de uno de cama dura u otro de más baja categoría no tiene su justificación en el mayor coste, si alguno hay, que para la compañía ferroviaria representa proporcionar uno u otro servicio.
La explicación a la existencia de billetes de tren con distintos precios, como nos explica Tim Harford en su libro The Undercover Economist, no hay que buscarla en el mayor coste que para la compañía ferroviaria pueda suponer transportar a un pasajero en un compartimento de cama blanda que en uno de asiento duro, sino en la necesidad de la compañía de obtener el máximo beneficio del mayor número de personas.
Cualquiera que haya puesto un negocio sabe que para fijar los precios que quiere cobrar debe tener en cuenta la demanda del bien o servicio que vende. Ocurre, sin embargo, que dicha demanda raramente es uniforme. Hay personas que, en función de su renta u otras circunstancias, estarían dispuestas a pagar X por un bien mientras que otras únicamente lo adquirirían si su precio es inferior.
La forma que el vendedor tiene de maximizar su beneficio, sobre todo si ostenta una posición de monopolio o cuasi monopolio, pasa entonces por cobrar por ese mismo bien o servicio distintos precios de forma que no se le escape ni un cliente.
En la práctica, sin embargo, una política de precios diferenciales presenta grandes problemas: en primer lugar, hay que saber lo que cada cliente estaría dispuesto a pagar por un bien lo que es extraordinariamente costoso y difícil, aunque las nuevas tecnologías de la información están reduciendo notablemente ese problema; luego, hay que evitar que personas que pagan distintos precios puedan proceder a la reventa entre ellas y, sobre todo, es necesario convencer a los clientes que pagan más por el mismo bien que no se les está estafando (los que hayan cogido un taxi en una ciudad de China y se hayan dado cuenta de que les están cobrando más por ser extranjeros ya saben de lo que hablo).
Como esto último resulta muy difícil, las empresas utilizan fórmulas para ocultar a sus clientes que están cobrando precios distintos por un mismo bien o servicio. Una de las más utilizadas en las conocida como “versioning”, esto es, ofrecer un mismo servicio (en el caso de los ferrocaliles el transporte desde un punto a otro) en distintas condiciones (unos en litera, otros en asiento, otros de pie) de forma que el hecho de cobrar distintos precios de algún modo quede justificado por ese hecho.
Pero, en realidad, como ya pusiera de relieve el economista francés Jules Depuit refiriéndos a los ferrocarriles del siglo XIX:
It is not because of the few thousand francs which would have to be spent to put a roof over the third-class carriages or to upholster the third-class seats that some company or other has open carriages with wooden benches. What the company is trying to do is to prevent the passengers who can pay the second class fare from traveling third class; it hits the poor, not because it wants to hurt them, but to frighten the rich. And it is again for the same reason that the companies, having proved almost cruel to the third-class passengers and mean to the second-class ones, become lavish in dealing with first-class passengers. Having refused the poor what is necessary, they give the rich what is superfluous.
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En definitiva, que el taxista de Chengdu que nos cobra un precio superior por el mero hecho de ser extranjeros no hace sino aplicar, de forma cruda y poco sofisticada, lo que una gran cantidad de empresas hacen cada día de forma mucho más sibilina.
Todo lo anterior no significa que yo esté personalmente en contra de la discriminación de precios que, en muchos casos, es un instrumento muy útil para una asignación eficiente de los recursos.