Shanghai express

December 14, 2009

De culíes y huaquiao

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Estaba curioseando entre los números atrasados de la revista Istor cuando me encontré con éste, dedicado a las migraciones chinas.

El número contiene un artículo (pdf) muy interesante del profesor Evelyn Hu-DeHart sobre la primera migración masiva de chinos a Hispanoamérica, concretamente al Caribe y Perú, durante la segunda mitad del siglo XIX.

Esta primera ola migratoria, que se extenderá desde 1849 hasta 1874, estuvo protagonizada por los llamados culíes, término con el que se designaba a aquéllos trabajadores asiáticos (en su gran mayoría chinos de la provincia de Cantón) que eran llevados a Cuba o Perú, previa firma de un contrato de ocho años, para trabajar como braceros en las grandes haciendas en condiciones de absoluta servidumbre y en sustitución de la mano de obra negra.

La vida de estos desdichados era tan dura que muchos de ellos decidieron ponerle fin suministrándose sobredosis de opio, narcótico que era utilizado por los propios hacendados como sistema de control social.

Este sistema de importación de mano de obra finaliza, al menos oficialmente en 1874, cuando esta práctica fue prohibida internacionalmente.

Muy distinta de esta primera emigración fue, en Perú, la que se inicia a partir de la firma del Tratado Porras-Wu Tin Fang, el 28 de agosto de 1909, que pretendía facilitar la llegada a ese país de inmigrantes chinos con cierta educación y capital. En el mismo número de la revista Istor donde publica el profesor Hu-Dehart, se puede encontrar el relato que una de las descendientes de esa segunda emigración (cuyos protagonistas ya no se llaman, en cantonés, culíes sino huaquiao), la profesora Celia Wu, hace de su familia china y de su posterior integración en la sociedad peruana.

La familia china de la señora Wu procedía de una región de la provincia de Cantón conocida como Taishan en la que el fenómeno migratorio, incluso entre las clases más o menos acomodadas, estuvo muy extendido. Algunos de esos emigrantes chinos, enriquecidos en el exterior, al regresar a su país construían, como los llamados indianos en España, lujosas villas (H/T Jeremiah) en las que se entremezclaban elementos de las tradiciones arquitectónicas occidental y china.

Pero lo más característico de estas villas era su estructura defensiva (se construían al modo de un lujoso torreón) para protegerse de la inestabilidad que durante la segunda mitad del XIX y principios del XX se apoderó del campo chino.

Viendo la fotografía de esos, en tiempos, lujosos torreones me he acordado la que fuera casa de mis abuelos en la cuenca del Matarraña, Teruel, en una zona próxima al Maestrazgo, donde, en la primera mitad del siglo XIX, desarrollara su guerra de guerrillas el general carlista Ramón Cabrera, popularmente conocido como el Tigre del Maestrazgo. Digo esto porque en esa casa los huecos estaban construidos como aspilleras y las ventanas protegidas con rejas y contraventanas que sólo podían abrirse por el interior, sin duda por el terror que causaban en mis antepasados las partidas de los guerrilleros carlista. Incluso, hace algunos años, mi primo llegó a encontrar un pequeño tesoro compuesto por unas pocas monedas de oro que alguien decidió poner fuera del alcance de los revoltosos.

Y es que, si uno lo piensa, las historias de China y España durante el siglo XIX y XX no dejan de presentar ciertos elementos de similitud.

December 3, 2009

La deflación es una puta.

Filed under: Economía

Con tan castiza expresión definía el blogger Shilochi Zang la situación económica deflacionaria a la que, en su opinión y la de sus compañeros (al parecer Shilochi trabaja para una firma de consultoría), se dirige España.

Siempre son de agradecer los análisis que personas de otros países puedan hacer de tu nación si, como en el caso del de Shilochi, son honestos y se basan en datos reales (otra cosa es que sus conclusiones sean las acertadas), ya que aportan ese distanciamiento que a los nativos nos puede faltar cuando examinamos nuestro propio país.

Sin embargo, no deja de sorprenderme el contraste entre el pesimismo que impregna todo el análisis de Shilochi sobre la situación económica española y el optimismo que muestra al examinar la de su propio país, cuando, objetivamente, el peligro de deflación, en China, es tanto o mayor que el que existe en España como consecuencia del exceso de capacidad en que están incurriendo la casi totalidad de los sectores productivos chinos.

Según un reciente editorial del Financial Times, China sigue confiando la mayor parte de su crecimiento económico a la inversión en bienes y equipos, con el resultado de que su mercado se ve inundado de productos que ni el consumo interno (por el bajo nivel de ingresos de los hogares chinos) ni el externo (por la crisis económica global) están en condiciones de absorber.

Un ejemplo paradigmático de cuanto llevamos dicho es la industria del acero, cuyo exceso de capacidad en el 2008 alcanzó una cifra superior a la total producción de ese bien en la Unión Europea. Qué hacer entonces con todo ese acero que se produce (o se podría producir) y no se vende. Una solución sería bajar los precios para de ese modo incrementar la demanda, pero entonces se produciría esa espiral deflacionista que a Shilochi, con razón, tan poco le gusta. La otra sería seguir como en la actualidad produciendo, no para el consumo, sino, fundamentalmente, para incrementar el inventario de bienes de inversión (nuevas fábricas y construcciones), aunque ello suponga agravar la situación de exceso de capacidad ya existente.

Los tecnócratas chinos parecen haber optado por esta última opción porque si no no se entiende que, para este año 2009, esté previsto incrementar en 58 millones de toneladas la capacidad de producción de acero. Y lo que decimos del acero puede extenderse a otros sectores productivos.

Naturalmente, esta situación no puede prolongarse indefinidamente y las propias autoridades chinas son conscientes de ello, pero han apostado por que una mejora del comercio internacional y finalmente del consumo interno permitirán, en un futuro próximo, rentabilizar los recursos hoy invertidos.

Mucho me temo sin embargo que su apuesta resultará fallida y que más pronto que tarde buena parte de los recursos que hoy se destinan a la inversión (en lugar, por ejemplo, de a mejorar el sistema de salud) acabarán calificándose como lo que realmente son: un derroche.

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