El buen samaritano y Shanghai.
Son muy frecuentes, en los blogs de expatriados, los comentarios que describen las ciudades chinas como verdaderas junglas de asfalto.
Como nunca he residido en China y mis viajes por el extranjero han sido más bien escasos, no me encuentro en condiciones de opinar sobre si las ciudades chinas son realmente tan duras como las pintan y si sus habitantes muestran para con el prójimo, cuando no hay un interés económico de por medio, un comportamiento tan osco como el que se desprende de algunos blogs de expatriados.
En cualquier caso, tampoco el hecho de haber residido toda la vida en China daría a mi opinión un mayor fundamento por cuanto, primero, cualquier experiencia individual no pasa de tener un valor meramente anecdótico, y, segundo, me faltarían términos de comparación ya que difícilmente, en una vida, uno puede llegar a residir en varias megalópolis el tiempo suficiente como para poder establecer comparaciones significativas entre ellas.
Afortunadamente, existen personas con los conocimientos, recursos y ganas suficientes como para embarcarse, con los instrumentos (ciertamente limitados) que nos proporcionan las ciencias sociales, en esta clase de investigaciones.
Uno de ellos es el psicólogo de la California State University, Dr. Robert Levine, quien, en el año 2003, publicó en American Scientist un artículo en el que resumía un experimento desarrollado en 23 ciudades del mundo (entre ellas Shanghai) para medir la disposición de sus habitantes a ayudar desinteresadamente a un desconocido en apuros.
El experimento comprendía tres tests: en el primero, un colaborador del Dr. Levine fingía la caída involuntaria de un bolígrafo y luego computaba el número de personas que se tomaban la molestia de recogerlo del pavimento y devolvérselo. En el segundo, una persona con una pierna inutilizada dejaba caer unos revistas al suelo e intentaba, sin éxito recogerlas, esperando la ayuda de terceros. En el último, uno de los colaboradores del Dr. Levine fingía ser un ciego que intenta cruzar una calle y espera que un buen samaritano le ayude a hacerlo.
Los resultados que obtuvo Shanghai en estos tres tests fueron más que notables: el porcentaje de personas que prestaron desinteresadamente su ayuda fue, en el caso del bolígrafo, superior al 70 %, en el de la persona impedida, superior al 90 % y, en el tercer y último test, el del ciego, de algo más del 61 %. Computándose en conjunto los tres tests, Shanghai ocupó un meritorio octavo puesto, por debajo de Río de Janeiro (¡los cariocas prestaron su ayuda en un 100 % en el caso del bolígrafo y del ciego y de un 80 % en el caso de la persona impedida! y eso en una de las ciudades con un índice de criminalidad más alto), San José de Costa Rica, Lilongwe (Malawi), Calcuta, Madrid y Copenague, pero por encima de Méjico, Estocolmo, Praga y Roma, por poner sólo unos ejemplos.
El farolillo rojo correspondió a Kuala Lumpur, seguida muy de cerca por Nueva York (lo que acredita que los investigadores no incurrieron en ningún tipo de sesgo nacionalista) y Singapur.
