De buenas intenciones…
La imagen que la mayoría de nosotros tenemos de los fumaderos de opio chinos nos remite a un submundo marginal y prohibido como el que que aparece reflejado en la película “Erase una vez América”, cuando su protagonista, un gansgter judío interpretado por Robert De Niro, se retira a uno de esos fumaderos para olvidar la pérdida de sus amigos de infancia y de la mujer de la que estaba enamorado

Antes, en el siglo XVIII y hasta bien entrado el XIX, los fumaderos de opio eran un centro de sociabilidad masculina, semejantes a un club inglés, solo que aquí en lugar de brandy o whisky se fumaba opio de manera muy controlada e incluso, podríamos decir, refinada.
El caso es que, a partir de la segunda mitad del siglo XIX y sobre todo en la primera mitad del XX, se inicia una campaña para erradicar el consumo de opio que, para los autores del citado libro, va a tener unos efectos catastróficos, mucho peores que los producidos por el “mal” que se trataba de combatir.
En los dispensarios que los misioneros protestantes establecieron para “curar” a los opiómanos, se comenzó, entonces, a proporcionar a estos, con la mejor de las intenciones, drogas que a la postre resultarían mucho más peligrosas que el opio y que hasta entonces eran desconocidas como la heroína y la cocaína mezcladas además con productos, como el arsenico, altamente tóxicos. Además, con el objeto de no atraer la atención de las autoridades, los antiguos fumadores de opio abandonaron esta forma de consumo (relativamente benigna ya que, al ser fumado, el opio pierde entre un 80 o 90 por ciento de su principio activo: la morfina) por otras mucho más peligrosas para la salud, como la aspiración por vía nasal y la inyección intravenosa.
Y es que de buenas intenciones está empedrado el infierno.

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Comment by Nike NFL Jerseys — October 8, 2012 @ 12:38 am